domingo, 20 de noviembre de 2011

domingo oscuro con mechas grises. Escribir los domingos. Meterte los dedos. El sumidero no traga. Resaca. Buscar una estética del óxido de los lavabos. La estética eres tú. Despiértame cuando llegues. Domingos con mechones de azotea, de palomar, dolor de cabeza. Muérdeme la oreja.
¿ tienes sábanas?

domingo, 13 de noviembre de 2011

Tardes de domingo en acústico

Tardes de domingos en un silencio de rasgar papeles, de meter la cabeza debajo del agua.

Domingos cuyo ruido me llega a los oídos a través de unos aurículares. Audiometrías con niños metidos en peceras. Los domingos transcurren entre el miedo, la clase del miedo. Y el tedio.


Puedes abrazar, tocar, besar, quitarme y ponerme la ropa. Puedes morder, acariciar, chupar, entrar y salir de mis ojos. Pero lo que no puedes ( ¿ escuchas?) lo que no puedes nunca( nunca) es decir te quiero ( Ich liebe dich ).
Domingos tarde que pasan con lloviznita y niebla, luz neutra. Mañanas, meriendas y tardes de resaca. Vasos y botellas de agua, fría. Hace frío por toda la casa. Debajo de los muebles, encima de las meses, debajo de la ducha, detrás de los armarios. Caliente. Frío. Frío.
Lo que no puedes decir nunca es te echo de menos, quédate dormida, llega tarde. Lo que no puedes hacer es ir por ahí con mi nombre atravesado por un alfiler en la solapa. Estarás siempre solo. Mi cuerpo entre el tuyo y la pared es solo una casualidad. Un encuentro inesperado en una trayectoria de soledad contínua. Que es la tuya. Que es la mía.
Soy pragmática y no me gusta engañarme. No me gusta llevar tu nombre, las marcas de tus dientes en los omoplatos, tu inicial garabateada con tiza en la parte de atrás de mi abrigo. Z.
No quiero que nadie más te conozca.
Z, el vampiro de Dusseldorf.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Pelucas

Me he perdido en el tunel del metro.
El corredor está oscuro y hay tiendas con el cierre echado a ambos lados. Tramos de luz fluorescente. Me he perdido y como Christiene F estoy pensando en chicos con cicatrices que se clavan una jeringuilla en el cuello y me sonríen. Estoy pensando en mi diente roto. Los túneles son largos cuando estás perdido. Los letreros de las tiendas, alguien pega una patada a una verja muy lejos, pero me llega, multiplicada por tres, la patada y se repite y se marcha por delante de mí. Los letreros de las tiendas, los anuncios publicitarios, las chicas sonrientes, sus escotes sangrantes, sus dientes juntos, sus manos. No entiendo nada. No entiendo porqué sonríen, porque me miran, porque no me indican como salir de este corredor que se extiende, que comunica con otro corredor. Zona a, zona b, zona c...

Cuando dejo atrás el segundo corredor empiezo a andar más rápido. Alargo mis pasos pero trato de no hacer ruido. No quiero cruzarme con nadie así que no hago ruido. De repente huele a desinfectante, a lejía y nose porqué como Christiene F pienso en sangre. Pienso en unas deportivas con las suelas manchadas de sangre. Pienso en correr y dejar huellas sangrientas por todo el corredor.
Nível 4, ya no sé donde estoy. No me acuerdo de cuando empecé a correr. No me acuerdo de cuando empecé a cantar en voz alta, a repetir en voz alta mi nombre. ¿A qué altura estamos debajo de la tierra?. No hace frío aquí abajo, por eso los vagabundos de uñas negras y barbas grises vienen aquí a dormirse y soñar con... No se con qué sueñan los vagabundos. ( no voy a ser tan hipócrita de imaginar que sueñan con habitaciones de hotel, nuestros sueños nos pertenecen, al menos eso, incluso a los vagabundos)
Para los vagabundos es muy importante la propiedad privada (no solo de los sueños) todo el rato alguién les roba algo, la mayoría de las veces otro homeless. Para los recluidos en centros de ancianos la propiedad privada es algo muy importante. Todo el rato alguien les roba una medallita de la vírgen que es el único recuerdo de la hija que nunca viene a verlos, a la calle Jagiellonska, a los subterráneos del metro. No se ya de que estoy hablando, da igual. Es lo mismo.
Tengo miedo porque soy humano y porque repito mi nombre ahora en voz baja para que nadie me haga nada. Soy humano y tengo venas en el brazo fáciles de encontrar. Soy humano y tengo unos labios que no puedo evitar despellejarme. Soy humano porque tengo miedo a que alguien me pare y no hable mi idioma. Tengo miedo a los cientos de personas que no saben pronunciar mi nombre, que buscan comida envuelta en servilletas dentro de los cubos de basura. No entiendo.
Soy humano y yo no soy Christiane. Ni tengo 13 años. Yo no estoy muerto. Yo no entiendo la lengua de Christiane. Yo estoy perdido en un subterráneo de un metro que no conozco, en un lugar donde la gente no me habla, no me lee, no me escucha.
Me paro, me siento en el suelo con las piernas cruzadas. Con las manos en los bolsillos empiezo a pellizcarme los muslos. La luz clara, artificial, zumba por todo el techo, el techo cruzado de cables, de conductos de ventilación. Tengo un papel arrugado en el bolsillo, tengo una imagen de Cristo en la que pone: Jezu; Ubam tobie. El suelo está helado, sucio, nose como nadie puede apoyar las mejillas y dormirse sobre estas baldosas. Restos pegajosos de coca- cola, barro, colillas. No se cómo pueden apoyar la oreja en el suelo y quedarse dormidos. Sigo pellizcándome el muslo. Estoy sentado en mitad del corredor y ya no me importa tanto no saber salir. Ahora ya no tengo cara de niño corriendo por un subterráneo, ahora soy un tipo con sangre en las deportivas que está sentado en el suelo. Ahora miro fijamente al frente. No entiendo el letrero de esa tienda, pero está claro a qué se dedican. Cabezas de mujer inmóviles tras el cristal. Cabezas de mujer con gestos congelados, labios entreabiertos. Todas ellas cortadas a la altura del cuello. Todas ellas me miran igual que yo las miro a ellas. Alguien les ha puesto una lámina de plástico en las cuencas de los ojos.