domingo, 13 de noviembre de 2011

Tardes de domingo en acústico

Tardes de domingos en un silencio de rasgar papeles, de meter la cabeza debajo del agua.

Domingos cuyo ruido me llega a los oídos a través de unos aurículares. Audiometrías con niños metidos en peceras. Los domingos transcurren entre el miedo, la clase del miedo. Y el tedio.


Puedes abrazar, tocar, besar, quitarme y ponerme la ropa. Puedes morder, acariciar, chupar, entrar y salir de mis ojos. Pero lo que no puedes ( ¿ escuchas?) lo que no puedes nunca( nunca) es decir te quiero ( Ich liebe dich ).
Domingos tarde que pasan con lloviznita y niebla, luz neutra. Mañanas, meriendas y tardes de resaca. Vasos y botellas de agua, fría. Hace frío por toda la casa. Debajo de los muebles, encima de las meses, debajo de la ducha, detrás de los armarios. Caliente. Frío. Frío.
Lo que no puedes decir nunca es te echo de menos, quédate dormida, llega tarde. Lo que no puedes hacer es ir por ahí con mi nombre atravesado por un alfiler en la solapa. Estarás siempre solo. Mi cuerpo entre el tuyo y la pared es solo una casualidad. Un encuentro inesperado en una trayectoria de soledad contínua. Que es la tuya. Que es la mía.
Soy pragmática y no me gusta engañarme. No me gusta llevar tu nombre, las marcas de tus dientes en los omoplatos, tu inicial garabateada con tiza en la parte de atrás de mi abrigo. Z.
No quiero que nadie más te conozca.
Z, el vampiro de Dusseldorf.

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