Sí, recetas contra la melancolía, la frustracción, la limitación voluntaria del significado. Drogas hechas con ingredientes caseros, como las bombas, como los documentos falsificados.
Drogas caseras, noches de asco.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Naftalina en los bolsillos
Huele a naftalina. Los cajones, las estanterías, las sábanas, los vestidos que me quedan pequeños.
Huele profundamente a naftalina todo mi cuarto. A veces mientras voy por la calle descubro en mis manos ese olor, ni el agua, ni el jabón lo desprenden. Se ha pegado a mi piel. Mi pasado está cosido a mí, puntada a puntada. La niña que va a clase, que a veces os responde sin pensar, la niña que desaparece, apesta a limpio, a dolor higiénico, a nostalgia aséptica. Hay nafalina en todas las esquinas de la ciudad, algun día nacerán mariposas de todas esas esquinas.
La limpieza para mí es la ausencia. El vacío no es interesante, alguien te ha robado algo. Puede ser un piso vacío, una notita que te devuelven en blanco, un frigorífico al final de la semana. Las oficinas están limpias, los hospitales están limpios, las funerarias son habitaciones ejemplares. ¿ Quien limpia todo esto? ¿ A donde se llevan todo eso? Supongo que a las ruinas, a los vertederos, a los descampados, allí están nuesytras vidas. Por si algún día queremos buscarlas.
La resignación y los bolsillos de los muertos huelen a naftalina.
Solo es un juego
Me han invitado a jugar a los soldaditos. He dicho que no, que no podía. Cuando no quiero hacer algo profundamente pongo excusas superfciales. Lo cierto es que me parece estúpido. Me parece estúpido que donde no hay guerra los mayores la echen de menos. ¿ Porque la representación de la guerra son siempre los juegos? Las pistolas de plástico, los soldaditos de plomo, las maquetas de aviones, las balas de pintura... ¿ Porqué precisamente un juego? Unas reglas, unos territorios, una estrategia... ¿ Están todos los juegos pensados para la guerra? Esconderse, correr, saltar obstáculos, hacer un equipo... ¿ Son los juegos olímpicos una sublimación de la violencia de las naciones? En nuestra sociedad pacífica un niño que no practica deporte es un inútil, si no eres bueno en ninguno no sirves para nada. No hay nada inocente en los juegos con reglas. No hay imaginación en los juegos de mayores. Ellos quieren que jugueis, niños, ellos se cambiarían por vosotros ahora mismo, ellos quieren que esteís preparados. Ante la guerra, el juego, solo resisten los débiles; despreciados socialmente porque el juego es la medida de todas las cosas. Mientras no haya guerras, jugaremos a ellas. Pd: Me quedé toda esa mañana en la cama, es mi objección de conciencia personal.
viernes, 25 de marzo de 2011
Dios y Marx
Se me aparecen por la noche, como en "Persépolis", con sus cartas, sus manifiestos. Dios me dice que la revolución vendrá, qué tenga fe; Marx me tapa los ojos, me dice que crea, que la realidad es el opio. Marx ha caído en desgracia, no tiene ni para enterrarse y desaparecer del mundo. Sus huesos pueden acabar en los dientes de cualquier perro. Dios acaba de perder un hijo, se lo han devuelto arropado en sangre, con clavos en los pies y en las manos. Marx y Dios se me aparecen, me dan conversación.
No soportaría que se fueran.
Vecinos traficantes
Miró a mis vecinos volverse locos. Dan vueltas por sus casas, limpian los cristales, salen a la terraza. Pendientes del disparo. Están nerviosos como víctimas, el gobierno juega con la hora, la adelanta, la atrasa, pero nunca, nunca paran el tiempo. No saber qué hacer por las mañanas. Esa es la humillación, el hombre sin trabajo no sabe qué hacer, la mujer liberada no lo sabe tampoco. Jubilados que no saben leer, gordas a las que no les vale la ropa de primavera, chavales que pasan toda la mañana fumando hachis.
Hablo de lo que veo. El aburrimiento, la realidad desolada.
El vacío y sus síntomas
Hablo de lo que veo. El aburrimiento, la realidad desolada.
El vacío y sus síntomas
martes, 22 de marzo de 2011
Pon la puta música en tu cabeza
Eres una incomprendida. Lo sientes cada vez que sales del portal, al llegar al metro, cada vez que te das la vuelta para volver a casa. Eres una extraña. Extraña en tu barrio, en tu ciudad, los trenes, los aviones, los mapas... Te lo dijeron los que te conocían y ahora los que no te conocen ya no dicen nada.
Porque no te conocen. Lo siento pero ya no te conoce nadie. Tu vida está llena de conocidos. Ese puñado de desconocidos que aparecen en las fiestas y te besan en las mejillas y tratan de meterte mano. Y te piden perdón cuando ya no les escuchas. Cuando te marchas. Eres una desconocida.
Te perdiste la graduación, el entierro de Mimí, la celebración, el fin de año. No estuviste. Rezaste porque el verano fuera corto.
Lo sientes cada vez que respiras, no existes. En este invierno de mañanas con los cristales rotos, se te va, se te escapa tu inexistencia, en cada bocanada de frío. Le das la vuelta a la cama para limpiar el polvo, le das la vuelta a la almohada, te pones la ropa al revés y se te olvida llamar a alguien. Da igual. No existes. Lo sientes cada vez que miras a la gente y un poco de tu inexistencia se queda emborronada en las ventanillas de los coches o en el reflejo de los ascensores.
Lo siento pero ya ni los trenes son tuyos. Ni tu barrio. Tu ciudad no es la tuya. Eres un pedacito de insomnio en la capital de las muertes indoloras, las anestesias sin pinchazo, el gas del sueño.
Me dijiste que esto merecía la pena, mentiste. Me dijiste que esto no estaba tan mal, la responsabilidad, las reglas de comunicación, las ocho horas, los vasitos con bebidas transparentes, los encapuchados que me preguntan la hora. Mentiste. Todo estaba mal y lo sabías. Todo iba a desaparecer y sin embargo, le hiciste una foto. Eres peor que ellos, porque tú nunca te lo creíste. Nunca celebraste la navidad, ni regalaste una postal con palabras en clave. No leíste mis palabras al oído. No respondiste jamás a mi diario. Por más que busqué no habías anotado nada en el margen de los libros. Te fuiste y no te llevaste nada.
Me dijiste que esto merecía la pena y ahora no tengo sílabas labiales que leer, ni calles de Munich que deletrear. Mentiste mientras tropezábamos por las vías del tren, nocturnos y sonámbulos.
Si estás leyendo esto es que eres una enferma. Y eso es lo único bueno. Que a pesar de todo no puedes evitar perder el equilibrio. Caer al vacío, ser una neurótica. Es tierno que aún llores como una quinceañera, es decir, de un modo más serio de lo que los demás creen. No puedes luchar contra los síntomas externos de no creer en nada, se te nota en cada saludo, en cada minuto que pierdes en preguntar como estás.
Ya no estás tan segura. Las cosas están peor cada año, más rotas, oxidadas, no funcionan, no se abren, se pudren. Las cosas están más muertas cada año, es natural. Tú con ellas.
Porque no te conocen. Lo siento pero ya no te conoce nadie. Tu vida está llena de conocidos. Ese puñado de desconocidos que aparecen en las fiestas y te besan en las mejillas y tratan de meterte mano. Y te piden perdón cuando ya no les escuchas. Cuando te marchas. Eres una desconocida.
Te perdiste la graduación, el entierro de Mimí, la celebración, el fin de año. No estuviste. Rezaste porque el verano fuera corto.
Lo sientes cada vez que respiras, no existes. En este invierno de mañanas con los cristales rotos, se te va, se te escapa tu inexistencia, en cada bocanada de frío. Le das la vuelta a la cama para limpiar el polvo, le das la vuelta a la almohada, te pones la ropa al revés y se te olvida llamar a alguien. Da igual. No existes. Lo sientes cada vez que miras a la gente y un poco de tu inexistencia se queda emborronada en las ventanillas de los coches o en el reflejo de los ascensores.
Lo siento pero ya ni los trenes son tuyos. Ni tu barrio. Tu ciudad no es la tuya. Eres un pedacito de insomnio en la capital de las muertes indoloras, las anestesias sin pinchazo, el gas del sueño.
Me dijiste que esto merecía la pena, mentiste. Me dijiste que esto no estaba tan mal, la responsabilidad, las reglas de comunicación, las ocho horas, los vasitos con bebidas transparentes, los encapuchados que me preguntan la hora. Mentiste. Todo estaba mal y lo sabías. Todo iba a desaparecer y sin embargo, le hiciste una foto. Eres peor que ellos, porque tú nunca te lo creíste. Nunca celebraste la navidad, ni regalaste una postal con palabras en clave. No leíste mis palabras al oído. No respondiste jamás a mi diario. Por más que busqué no habías anotado nada en el margen de los libros. Te fuiste y no te llevaste nada.
Me dijiste que esto merecía la pena y ahora no tengo sílabas labiales que leer, ni calles de Munich que deletrear. Mentiste mientras tropezábamos por las vías del tren, nocturnos y sonámbulos.
Si estás leyendo esto es que eres una enferma. Y eso es lo único bueno. Que a pesar de todo no puedes evitar perder el equilibrio. Caer al vacío, ser una neurótica. Es tierno que aún llores como una quinceañera, es decir, de un modo más serio de lo que los demás creen. No puedes luchar contra los síntomas externos de no creer en nada, se te nota en cada saludo, en cada minuto que pierdes en preguntar como estás.
Ya no estás tan segura. Las cosas están peor cada año, más rotas, oxidadas, no funcionan, no se abren, se pudren. Las cosas están más muertas cada año, es natural. Tú con ellas.
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