Eres una incomprendida. Lo sientes cada vez que sales del portal, al llegar al metro, cada vez que te das la vuelta para volver a casa. Eres una extraña. Extraña en tu barrio, en tu ciudad, los trenes, los aviones, los mapas... Te lo dijeron los que te conocían y ahora los que no te conocen ya no dicen nada.
Porque no te conocen. Lo siento pero ya no te conoce nadie. Tu vida está llena de conocidos. Ese puñado de desconocidos que aparecen en las fiestas y te besan en las mejillas y tratan de meterte mano. Y te piden perdón cuando ya no les escuchas. Cuando te marchas. Eres una desconocida.
Te perdiste la graduación, el entierro de Mimí, la celebración, el fin de año. No estuviste. Rezaste porque el verano fuera corto.
Lo sientes cada vez que respiras, no existes. En este invierno de mañanas con los cristales rotos, se te va, se te escapa tu inexistencia, en cada bocanada de frío. Le das la vuelta a la cama para limpiar el polvo, le das la vuelta a la almohada, te pones la ropa al revés y se te olvida llamar a alguien. Da igual. No existes. Lo sientes cada vez que miras a la gente y un poco de tu inexistencia se queda emborronada en las ventanillas de los coches o en el reflejo de los ascensores.
Lo siento pero ya ni los trenes son tuyos. Ni tu barrio. Tu ciudad no es la tuya. Eres un pedacito de insomnio en la capital de las muertes indoloras, las anestesias sin pinchazo, el gas del sueño.
Me dijiste que esto merecía la pena, mentiste. Me dijiste que esto no estaba tan mal, la responsabilidad, las reglas de comunicación, las ocho horas, los vasitos con bebidas transparentes, los encapuchados que me preguntan la hora. Mentiste. Todo estaba mal y lo sabías. Todo iba a desaparecer y sin embargo, le hiciste una foto. Eres peor que ellos, porque tú nunca te lo creíste. Nunca celebraste la navidad, ni regalaste una postal con palabras en clave. No leíste mis palabras al oído. No respondiste jamás a mi diario. Por más que busqué no habías anotado nada en el margen de los libros. Te fuiste y no te llevaste nada.
Me dijiste que esto merecía la pena y ahora no tengo sílabas labiales que leer, ni calles de Munich que deletrear. Mentiste mientras tropezábamos por las vías del tren, nocturnos y sonámbulos.
Si estás leyendo esto es que eres una enferma. Y eso es lo único bueno. Que a pesar de todo no puedes evitar perder el equilibrio. Caer al vacío, ser una neurótica. Es tierno que aún llores como una quinceañera, es decir, de un modo más serio de lo que los demás creen. No puedes luchar contra los síntomas externos de no creer en nada, se te nota en cada saludo, en cada minuto que pierdes en preguntar como estás.
Ya no estás tan segura. Las cosas están peor cada año, más rotas, oxidadas, no funcionan, no se abren, se pudren. Las cosas están más muertas cada año, es natural. Tú con ellas.
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