Huele a naftalina. Los cajones, las estanterías, las sábanas, los vestidos que me quedan pequeños.
Huele profundamente a naftalina todo mi cuarto. A veces mientras voy por la calle descubro en mis manos ese olor, ni el agua, ni el jabón lo desprenden. Se ha pegado a mi piel. Mi pasado está cosido a mí, puntada a puntada. La niña que va a clase, que a veces os responde sin pensar, la niña que desaparece, apesta a limpio, a dolor higiénico, a nostalgia aséptica. Hay nafalina en todas las esquinas de la ciudad, algun día nacerán mariposas de todas esas esquinas.
La limpieza para mí es la ausencia. El vacío no es interesante, alguien te ha robado algo. Puede ser un piso vacío, una notita que te devuelven en blanco, un frigorífico al final de la semana. Las oficinas están limpias, los hospitales están limpios, las funerarias son habitaciones ejemplares. ¿ Quien limpia todo esto? ¿ A donde se llevan todo eso? Supongo que a las ruinas, a los vertederos, a los descampados, allí están nuesytras vidas. Por si algún día queremos buscarlas.
La resignación y los bolsillos de los muertos huelen a naftalina.
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